Nunca pensé que volvería a esta casa. Después de tantos años ausente y, en mi situación, resultaba impensable pero, aquí estoy.
Me llamo Eduardo Betancort y de mi edad, mejor no hablar. De hecho, la edad refleja los años de vida y yo hace algún tiempo que no dispongo de ella. Una pena, porque aunque no he tenido una vida muy agitada, siempre en la isla de Lanzarote, he disfrutado a mi modo y he sabido sacarle partido a los tiempos que me tocaron vivir.
Mi nieta Ros, ha tenido la idea de colgar en una esquina de la casa un pequeño retrato mío, en blanco y negro, que me permite observar todo lo que ocurre y todo lo que se dice en lo que fue mi casa y que ahora es una taberna. Sí, han leído bien, lo que fue mi casa es ahora una taberna regentada por mi nieta, su pareja (un gallego que no sé muy bien de donde ha salido) y un cubano bien alimentado que también deambula por aquí. Así es la vida o, mejor dicho en mi caso, la no-vida.
Me han ubicado sobre la caja registradora. Bueno, no exactamente, se trata de un artilugio que llaman ordenador y que, por lo que veo, hace las funciones de lo que toda la vida fue una caja registradora pero mucho más complicado de utilizar.
He llegado aquí cuando ya habían abierto las puertas del negocio y no he podido asistir a las obras de reforma. Qué pena, ¡con lo que nos gusta a los jubilados una obra!. Hubiese disfrutado viendo poco a poco la transformación de la casa en este negocio de locos en el que se han metido y también hubiese sufrido al no poder aconsejarles sobre algunos aspectos que no me gustan. Han respetado más o menos la estructura de la vivienda original aunque, claro, en mi casa no había una barra ni un grifo de cerveza. Y de eso sí que siento envidia. En los días de calor da gusto ver cómo se beben las cañas y yo aquí, sin poder moverme, muerto de envidia y recordando viejas sensaciones mientras se me reseca la garganta.
A veces llega gente a la taberna, normalmente viejos, que me reconocen en la foto y hablan de mí. Me gustaría saludar, responderles y preguntarles por sus familias, como mandan las normas de educación y de buenas costumbres pero, claro, resulta totalmente imposible porque a los muertos nadie nos escucha y a las fotografías ... ¡Mucho menos!. En fin, que poco a poco voy asumiendo mi nueva posición y me entretengo escuchando todo lo que aquí se dice, descubriendo personas y personajes de todo tipo y observando cómo han cambiado los tiempos y cómo han ido envejeciendo o muriendo personas que conocía en vida y lo cierto es que es una penita ver cómo están algunos.
Por lo que puedo apreciar desde mi posición, en la que sólo diviso la calle a través de la pequeña puerta de la casa, por donde veo pasar coches y gente constantemente, el mundo ha cambiado bastante mientras he estado fuera y las costumbres se han relajado de un modo que nunca hubiese podido imaginar, haciéndome una idea, creo que bastante ajustada, de la realidad actual, tan distinta de la que a mí me tocó vivir.
En vida, no había televisión en esta casa y, ahora que la hay, la inconsciente de mi nieta me ha colocado en una posición que no me permite verla y tengo que enterarme de los partidos de fútbol por lo que oigo y por los comentarios de los clientes que, afortunadamente, también me mantienen al día sobre los resultados de la U.D. Lanzarote que, parece ser, este año puede ascender de categoría.
En cuanto a la primera división, que ahora llaman liga BBVA (ya son ganas de complicarse), parece que el Barcelona está jugando de maravilla y la gente habla de sus jugadores como si fuesen lo nunca visto sin tener en cuenta que yo he vivido en la época de Kubala y Di Stéfano, así que ya pueden contarme lo que quieran esta panda de fanfarrones.
He de reconocer que quise pegar un brinco y unirme a todos los jóvenes que llenaban la taberna cuando España ganó el Campeonato del Mundo de Fútbol. ¡Qué manera de sufrir!. Pónganse en mi lugar, todos emocionados y saltando mientras yo, aquí, amarrado a la pared sin poder hacer nada y escuchando como el Iniesta ese les metía un gol a unos holandeses que, por lo que pude oir, se dedicaron más a dar patadas que a tocar la pelota.
Como decía, las costumbres se han relajado y es normal ver entrar en la taberna a muchachas con faldas cortísimas que dejan al aire los muslos sin necesidad de tener que imaginárselos y unos escotes que, como poco, calificaría de vertiginosos y descarados. Pero los chicos de ahora no tienen sangre en el cuerpo y casi ni siquiera miran para ellas, ni las piropean como se merecen y como están pidiendo a gritos unas señoritas de tan buen ver.
Por lo que escucho, el matrimonio ha pasado, como yo, a mejor vida y las parejas viven juntas sin casarse, sin que nadie las rechace por ello y sin necesidad de ocultarlo. Mi nieta está divorciada y vive con el gallego calvo del que antes les hablaba, que también está divorciado. Parece que no sienten vergüenza alguna y, por si fuese poco, cada uno tiene hijos de su anterior relación.
A la Iglesia ya no la respeta ni dios (disculpen la expresión oportunista) y los clientes que por aquí vienen, hablan de los curas del mismo modo que pensábamos en mis tiempos pero que no nos atrevíamos a decir en voz alta.
Cuando me marché, que es una manera retórica de decir que estiré la pata o que la diñé, este país comenzaba una nueva democracia tras la muerte de Franco y, como poco, los que vivimos la República y la posterior guerra civil, nos imaginábamos que era cosa de más o menos tiempo que esto reventase por algún lado y, como siempre, los españoles acabasen a tiros. Pero no, tras treinta y tantos años, aquí siguen, cada uno con su forma de pensar pero manteniendo un estado de paz inimaginable.
Incluso ahora, que están viviendo una crisis tremenda y que la gente está sin trabajo, parecen resignados y aceptando su situación civilizadamente como si fuesen conscientes del daño tan tremendo que la guerra le hizo al país y se pasan media vida atendiendo a algo que llaman Internet y que estoy tratando de descubrir sin éxito, ya que no logro imaginar en qué consiste tal invento que surge habitualmente en casi todas las conversaciones para mi total desesperación. De momento sólo he llegado a la conclusión de que tiene que ver con los ordenadores de los que antes hablábamos (las cajas registradoras) y que éstos son lo que en mis tiempos conocíamos a través de la prensa como computadoras y que nunca supimos muy bien para qué podrían llegar a servir, a no ser que trabajases en los Estados Unidos de América enviando cohetes al espacio, lo cual no creo que sea la principal ocupación de los clientes de este establecimiento.
Bueno, espero que sepan entender todo este caos. Los viejos somos así. Vamos del fútbol a la política, pasando por el internet ese sin muchas complicaciones. Son tantas nuestras vivencias y tanto lo que tenemos y queremos contar que las ideas se nos agolpan en la cabeza y las soltamos desordenadamente y como nos da la gana, porque para eso somos viejos y nos hemos ganado ese derecho. Y no te digo nada si, encima, estamos tiesos como yo y nadie nos escucha ni tampoco tenemos con quien cambiar impresiones y aclarar dudas o conceptos poco claros.
Desde mi pared, observo, escucho y saco mis propias conclusiones que, en ocasiones, pueden ser equivocadas pero que, en otras muchas, no tengo la más mínima duda que responden a la realidad de lo que ocurre aunque mi perspectiva sea tan limitada.
A veces, mi nieta Ros mira para mi retrato, osea para mí, como si quisiese pedirme opinión o como si supiese que yo, de hecho, estoy opinando sobre lo que dice o hace pero, enseguida me doy cuenta de que no es así y que ella no tiene ni puñetera idea de que soy algo más que un retrato. Bueno, en cualquier caso, la chica tiene a quien parecerse y es cabezota como su abuelo, siempre lo fue. Tiene sus propias opiniones y criterios y, dudo mucho que hiciese demasiado caso a nada de lo que yo pudiera decirle. Tras la muerte de su madre decidió irse a Venezuela con su padre y dio exactamente igual todo lo que hice o dije para evitarlo. Había tomado su decisión y no volvió en treinta años y, por lo que pude oir desde el cajón en el que se encontraba guardado mi retrato en aquella extraña ciudad del Llano venezolano en el que pasamos tanto tiempo, cuando tomó la decisión de volver, lo hizo y punto. Así es mi nieta, todo un carácter. Al menos, no se olvidó de traerme entre sus cosas y se lo agradezco porque en este lugar me encuentro mucho mejor. Creí que nunca volvería a Lanzarote aunque mi cuerpo esté enterrado por aquí, pero el cuerpo es como un vehículo en el que viajas durante la vida y que resulta inservible cuando deja de funcionar.
Hace ya casi un año que han inaugurado este establecimiento y cada día parece que la cosa va mejorando. Al principio hubo momentos en los que pensé que cerrarían enseguida y que mi foto volvería al cajón oscuro en el que se guardan las fotos viejas y que tan bien conozco, pero el negocio mejora y con ello mis posibilidades de seguir disfrutando del divertido ambiente que se vive en un lugar como este. Disfruto del conocimiento de vivencias y personalidades tan variopintas que, sin duda, darían argumentos suficientes como para escribir varios libros.
No les he hablado del nombre de la taberna. Se llama “Porcus” y, por lo que he podido escuchar, está relacionado con su producto estrella, el jamón ibérico. A mí me hubiese gustado un nombre más canario y más relacionado con esta tierra pero parece que a estos tres les ha gustado el que han puesto. Bueno, allá ellos, pero lo cierto es que todo el mundo pregunta por el nombrecito, lo que creo que me da la razón de algún modo. Además, el título va acompañado de un dibujo que llaman logotipo y que representa la silueta de un cerdo que, si no te fijas mucho, parece el toro de Osborne de toda la vida. Sé que barajaron la posibilidad de ponerle “Taberna del abuelo Eduardo” y un cachorro (el sombrero que yo utilizo y con el que aparezco en la foto), en lugar del cerdo que no me parece muy típico de Lanzarote aunque, claro, el jamón ibérico tampoco lo es por estas tierras de papas, gofio y pescado seco.
En cuanto al local, además de añadir la barra de la que ya les hablé, han mantenido el patio al aire libre y lo han llenado de mesas y sombrillas, convirtiendo las habitaciones en comedores. Sin duda se trata de una taberna un poco extraña, pero a la gente parece que le gusta y, poco a poco, van haciendo una clientela habitual de la que les iré hablando y que conforma el paisaje diario que diviso desde mi mejorable ubicación.
La mañana en la taberna comienza con la llegada del cubano que, para mi alivio, retira los complicados cierres que cada noche dejan colocados y que me hacen sentir tras las rejas de una cárcel. En la oscuridad de la noche sólo escucho ruidos extraños de los motores de las neveras y diviso lo que la luz de la luna me deja ver tras la barra al filtrarse por los agujeros del enrejado.
Por George, que así se llama, me he enterado de que Fidel Castro sigue vivo y que los cubanos tienen la vida bastante complicada. Y es que es lo de siempre, cuando los gobernantes se empeñan en aferrarse al poder se corrompen y, aunque en un principio sus intenciones fuesen buenas, terminan creyendo que su criterio es el único válido y lo imponen a los demás sin miramientos como si ellos fuesen los únicos poseedores de la verdad absoluta.
Continuará ...
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